jueves, 20 de mayo de 2010

DESARROLLO SOSTENIBLE

Jorge Gutiérrez

Desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988).

El término “desarrollo sostenible” surge como consecuencia de la preocupación por la excesiva explotación de los recursos del planeta. La publicación del informe Los límites del crecimiento (Meadows et al., 1972) supuso un decisivo aviso sobre las posibles consecuencias indeseadas del crecimiento económico. La evolución prevista en el informe respecto a variables como la población mundial, la producción industrial, la disponibilidad de materias primas, la contaminación o la producción de alimentos presentaba perspectivas claramente negativas para las primeras décadas del siglo XXI, en caso de continuar las tendencias observadas.

El éxito de dicho “Informe Meadows”, con sus nueve millones de ejemplares vendidos, motivó el replanteamiento de algunas ideas. Hasta entonces, existía un acuerdo bastante general sobre lo que el desarrollo significaba y suponía: el desarrollo se asociaba al crecimiento económico. Después del informe, por el contrario, no podía considerarse como modelo un desarrollo basado en el crecimiento, ya que, a medio plazo, éste podría acabar con los recursos naturales o amenazar la vida en la tierra. El modelo desarrollista, por otro lado, asumía que el subdesarrollo era superable mediante una serie de etapas. De este modo, los países menos desarrollados irían acercándose progresivamente a los niveles de bienestar y consumo de los más avanzados. Sin embargo, al aceptarse que los recursos acabarían siendo insuficientes tomando como referencia los niveles de los 70, no sería ya físicamente posible un equiparamiento internacional de los niveles de consumo “hacia arriba”, esto es, una universalización del modelo de desarrollo de los países industrializados hacia los pobres.

Las conclusiones de Los límites del crecimiento fueron criticadas, al ser consideradas como una amenaza de freno para países en expansión económica. También se dijo que no tenían en cuenta los avances técnicos o los nuevos descubrimientos de materias primas. Como crítica de fondo se alegó que el modelo informático utilizado era demasiado sencillo (Weizsäcker et al., 1997:339-341). Aunque tales críticas eran en parte ciertas, la verdad es que los problemas se han agravado notablemente y que ni las nuevas reservas ni los avances tecnológicos están solucionándolos. A esta conclusión llegaron los propios autores del Informe Meadows al replantear y mejorar su modelo en un nuevo estudio a principios de los 90 (Meadows et al., 1993). Los problemas más graves actualmente se deben al efecto invernadero y al cambio climático, la contaminación de aguas y aire, la destrucción masiva de recursos naturales (deforestación, erosión, agotamiento de pesca, pérdida de biodiversidad, etc.) y la disminución de la capa de ozono. Dentro de la gravedad, los más urgentes son los derivados del exceso de residuos y emisiones, por delante de la escasez de materias primas.

El alcance y evidencia de los problemas ecológicos, así como su dimensión planetaria, han hecho que a lo largo de las últimas décadas se sucedan las iniciativas tratando de buscar soluciones. Una de las instituciones pioneras en este sentido fue el Club de Roma, con informes como los de Meadows et al. (1972 y 1993) o Weizsäcker et al. (1997). Por su parte, la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo fue constituida por las Naciones Unidas en 1984 para diseñar estrategias que frenaran el deterioro ambiental. Las conclusiones de los estudios de la Comisión se recogieron en el llamado Informe Brundtland (Comisión Mundial…, 1988), que popularizó el término “desarrollo sostenible” y su definición.

Posteriormente, la Cumbre de la Tierra, o Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río en 1992, reflejó la urgencia de actuar y concluyó con diversos acuerdos (algunos incumplidos, como el de reducción de emisiones de gases) y la creación de la Comisión para el Desarrollo Sostenible. También se aprobaron en Río los puntos de la Agenda 21, que reúne los objetivos medioambientales a nivel mundial para el siglo XXI. La idea de la Agenda 21 resulta positiva en cuanto reflejo de la necesidad de actuaciones y planificación internacionales para dar respuesta a los problemas ambientales. Sin embargo, su redacción resulta confusa. Por un lado se proponen, con el objetivo de superar el subdesarrollo y los problemas ambientales, algunos programas basados en el reforzamiento de la autonomía de los Estados y su labor planificadora. Contradictoriamente, la defensa del dogma liberal se pone por encima de todo, a pesar de sus efectos negativos en relación con esos objetivos (Bermejo, 1996:212-6).

La popularidad del término “desarrollo sostenible” ha extendido su utilización sin reparar muchas veces en su contenido e implicaciones. En primer lugar, la definición de las necesidades que deben cubrirse, tanto por la generación presente como por las futuras, es ambigua. También puede criticarse el excesivo antropocentrismo de la definición comúnmente aceptada. La propia definición del término “sostenible” es discutible. La sostenibilidad entendida desde el punto de vista más exigente (“sostenibilidad fuerte”) requeriría dejar a las generaciones futuras los mismos recursos naturales de que dispone la actual. Una “sostenibilidad blanda” no exigiría dejar los mismos recursos, ya que, a cambio, se cederían conocimientos tecnológicos y otro tipo de capital. Este segundo punto de vista es cuestionable, ya que hay recursos naturales que son imprescindibles, y no sustituibles por tecnología, como sugiere tal formulación.

Un problema básico que plantea la sostenibilidad medioambiental es su incompatibilidad con un crecimiento económico como el presente. Los consumos y emisiones actuales ya son insostenibles y, si se ampliaran a los países del Sur los actuales niveles de la OCDE, la situación ecológica del mundo sería mucho peor, ya que se requerirían 10 veces más de recursos (Weizsäcker et al., 1997:327-8). A esto se une la tendencia de crecimiento de la población mundial, que entre 1970 y 2000 ha pasado de 3.600 a 6.000 millones de personas (ver demografía). Los problemas ecológicos son causados en parte por este aumento, aunque debe recordarse que la mayor parte de los recursos se consumen en los países del Norte, con densidades de población altísimas en algunos casos. La constatación de la insostenibilidad está llevando a un consenso de necesidad de disminución a la mitad de las emisiones y utilización de recursos. Numerosos especialistas, agrupados en el club Factor 10, proponen reducciones de hasta el 90% en países del Norte para hacer posible la sostenibilidad, pensando en los aumentos necesarios en países del Sur para lograr la equidad a nivel mundial (Bermejo, 2000:99).

A pesar de la abundancia de advertencias y estudios al respecto, los economistas ortodoxos se resisten a admitir la limitación al crecimiento (Bermejo, 2000:72-85). La defensa a ultranza del mercado aconseja introducir los costes ambientales como externalidades, de manera que los precios reflejen correctamente todos los costes. Sin embargo, la valoración de aspectos como las funciones de un ecosistema resultan inviables y, en la práctica, el mecanismo de mercado no ha realizado una gestión sostenible de los bienes naturales, que sí están valorados. Se suele alegar que un nivel económico elevado es requisito previo para poder preocuparse por la naturaleza y dedicar recursos a su conservación. La realidad, como se ha visto, es que el propio crecimiento es causante del deterioro y que reparar es mucho peor que prevenir.

Otros autores llegan a afirmar que las actividades de defensa ambiental pueden suponer un impulso económico, lo cual se opone a la tendencia a considerarlas como una carga. La práctica demuestra que incluso gobiernos con elevada conciencia ecológica, como los de Alemania o Suecia, tienden a recortar estas iniciativas en caso de crisis. En definitiva, se trata de negar la evidente necesidad de moderar el exagerado consumo de recursos de los países del Norte. Las tendencias más optimistas afirman que la tecnología dará respuesta cuando sea necesario, pero, aunque las mejoras son necesarias y deben aplicarse con urgencia, esto no es suficiente para la sostenibilidad. Por otro lado, el cuidado del medio ambiente no puede seguir viéndose como una carga o un lujo; se trata de recursos y riqueza que, en muchos casos, se están dilapidando sin contraprestación, especialmente en países del Sur.

Una auténtica sostenibilidad requiere, a nivel de recursos, no utilizar más recursos renovables de los que se generan y minimizar la utilización de los no renovables. En lo referido a emisiones y residuos, deberían generarse sólo aquellos que se puedan reciclar (evitando especialmente los no biodegradables) y sin superar la capacidad de absorción del sistema. La consecución de estos objetivos hace necesario un profundo cambio de hábitos y estructuras. El comportamiento global del sistema económico mundial no tiende a cerrar los ciclos de los materiales sino a alargarlos, y es claramente ineficiente en cuanto a la utilización de energía. Los esfuerzos realizados hasta ahora no han conseguido frenar las emisiones de gases ni el despilfarro de recursos, y autores como Bermejo (2000:85-95) proponen un cambio mediante sistemas económicos que imiten a la naturaleza. Para ello los sectores económicos deberían integrar una red coordinada y planificada de escala menor que cierre los ciclos de los materiales. La ciudad danesa de Kolunborg, por ejemplo, aprovecha el agua caliente de la central térmica para su piscifactoría, cuyos sedimentos se utilizan como abono, mientras que las cenizas de la central sirven para producir cemento, etcétera. Este tipo de actividades sistémicas evita la creación de 1’3 millones de toneladas de residuos al año y la emisión de 130.000 toneladas de CO2. Estas iniciativas se están ampliando en diferentes lugares, y hay numerosos ejemplos de desarrollo de aspectos de economías autocentradas y sostenibles (Bermejo, 1996:293-307). La Conferencia Europea de Ciudades Sostenibles aplica los principios de la Agenda 21 a un nivel local y sigue una línea de planificación local para la sostenibilidad. Se inició en Aalborg (Dinamarca) y cuenta ya con miles de municipios y regiones europeos que se han implicado en mayor o menor medida (Bermejo y Nebreda, 1998).

Una de las objeciones principales a la sostenibilidad es la que se refiere a la posibilidad de coartar el crecimiento de las economías del Sur, con grandes carencias. Sutcliffe (1995:36-46) propone la fusión de dos objetivos deseables, como son el desarrollo humano y la sostenibilidad en un desarrollo humano sostenible. En ambos casos se precisa una redistribución: en el caso del desarrollo humano, hacia los marginados actuales, y, en el de la sostenibilidad, hacia las generaciones futuras. Los recursos para esta redistribución deben partir en ambos casos de la minoría más favorecida actualmente, que resulta la principal causante del deterioro medioambiental y de la falta de desarrollo humano. La redistribución es difícil dadas las relaciones de poder, pero la moderación del consumo de los más ricos es imprescindible para acercarse a un desarrollo humano sostenible.

Como conclusión general, puede decirse que la preocupación por el medio ambiente y la conciencia de los límites del crecimiento han supuesto un paso adelante y han cambiado la concepción del desarrollo. Sin embargo, en muchos casos, no se han asumido los profundos cambios necesarios en los modelos económicos y sociales, las pautas de consumo, etc., por lo que se tiende a insistir más en otros tipos de soluciones, como las basadas exclusivamente en el control de la población (ver natalidad, políticas de control de la). Autores como Weizsäcker et al. (1997:346-52) afirman que la preocupación por este aspecto debería impulsar el desarrollo de los países del Sur, dada la correlación entre el nivel de bienestar, el empoderamiento de las mujeres y la ralentización del crecimiento demográfico. Este punto de vista supone otra posible sinergia entre el desarrollo humano y la sostenibilidad. J. G.


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Bibliografía
•Bermejo, R. (1996), Libre comercio y equilibrio ecológico, Bakeaz, Bilbao.
•Bermejo, R. (2000), "Acerca de las dos visiones antagónicas de la sostenibilidad", en Bárcena, I., P. Ibarra y M. Zubiaga (eds.), Desarrollo sostenible: un concepto polémico, Universidad del País Vasco, Bilbao, pp. 67-103.
•Bermejo, R. y A. Nebreda (1998), Conceptos e instrumentos para la sostenibilidad local, Cuadernos Bakeaz, nº 26, Bakeaz, Bilbao.
•Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo (1988), Nuestro futuro común (Informe Brundtland), Alianza, Madrid.
•Jiménez Herrero, l. M. (1997), Desarrollo sostenible y economía ecológica. Integración medio ambiente-desarrollo y economía-ecología, Síntesis, Madrid.
•Meadows, D. H., D. L. Meadows, J. Randers y W. W. Behrens (1972), Los límites del crecimiento, Fondo de Cultura Económica, México D.F.
•Meadows, D. H., D. L. Meadows y J. Randers (1993), Más allá de los límites del crecimiento, Aguilar, Madrid.
•Sutcliffe, B. (1995), "Desarrollo frente a ecología", en Ecología Política, nº 9, pp. 27-49.
•Weizsäcker, E. U. von, A. B. Lovins y L. H. Lovins (1997), Factor 4. Duplicar el bienestar con la mitad de recursos naturales. Informe al Club de Roma, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona.

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