jueves, 20 de mayo de 2010

DESARROLLO

Alfonso Dubois

La división del mundo entre países ricos y pobres, sea cual sea la terminología utilizada (países desarrollados y en desarrollo), ha sido objeto de estudio por parte de los economistas, que han creado la especialidad de la economía del desarrollo con el fin de analizar las causas del crecimiento económico y estudiar las políticas más adecuadas para alcanzar mejores niveles de bienestar. Aunque esa distinción siempre ha sido patente a lo largo de la historia, el interés por el desarrollo es relativamente reciente, naciendo prácticamente después de la II Guerra Mundial, con el proceso de descolonización. La emergencia de los nuevos países independientes puso de manifiesto las débiles estructuras económicas creadas durante la época colonial y las dificultades que afrontaban para conseguir que sus economías prosperasen. Sin embargo, hay que destacar que el despertar de la preocupación por el desarrollo se produjo en América Latina en los años 30, cuando el economista argentino Raúl Prebisch planteó la necesidad de una consideración particular hacia los países menos desarrollados, al denunciar que no valían las recetas que presentaba la economía convencional, elaboradas pensando en economías mucho más poderosas (ver centro-periferia).

Desde entonces el debate sobre el desarrollo ha sido un tema constante. El concepto de desarrollo no puede definirse de manera atemporal, sino que se llena de contenido históricamente. Cada sociedad y cada época tienen su propia formulación de qué es el desarrollo, que responde a las convicciones, expectativas y posibilidades que predominan en ellas. En definitiva, el concepto de desarrollo se relaciona con la idea de futuro que se presenta como meta para el colectivo humano.

Sin embargo, el contexto en que surge el debate sobre el desarrollo a principios de los 50 marcó decisivamente sus contenidos. El desarrollo se convirtió en un pilar de la reconstrucción del orden internacional, al tiempo que tenían más importancia las consideraciones estratégicas y los intereses de las potencias que los de los países que más necesitaban el desarrollo. Durante los últimos 50 años, las propuestas han experimentado una permanente evolución, que ha caminado en un cierto vaivén entre el énfasis en situar el crecimiento como el objetivo central para alcanzar el desarrollo y la necesidad de establecer con la misma intensidad metas de distribución que aseguren la satisfacción de las necesidades de las personas. Por otra parte, las estrategias diseñadas para alcanzar esas metas han tenido interpretaciones muy diversas en la consideración de quiénes eran los agentes principales de las políticas (el Estado o el sector privado) y el papel del mercado. Así mismo, las diferencias han sido notables a la hora de establecer los factores que condicionan la situación de los países en su camino hacia el desarrollo: unos han subrayado que los obstáculos al desarrollo están en factores externos, en particular las posiciones de privilegio y dominación de los países ricos, mientras que otros han apuntado a factores locales, sobre todo a las estructuras sociales y políticas anquilosadas e ineficaces de cada país.

Esta diversidad hace que no resulte fácil ofrecer una visión panorámica que agrupe a todas las propuestas, habiéndose planteado diversos criterios para clasificarlas (Hunt, 1989). Una propuesta generalmente aceptada hace una división entre propuestas ortodoxas y heterodoxas (Bustelo, 1998). Las primeras han respondido al pensamiento dominante y guiaron las políticas de los organismos multilaterales y los gobiernos del mundo occidental. Las segundas plantearon alternativas críticas a la visión oficial. Entre ellas cabe señalar la escuela estructuralista latinoamericana, que encontró en la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) su plataforma de influencia; los distintos enfoques de la teoría de la dependencia, y las derivadas en mayor o menor grado del marxismo.

En la década de los 70 se produjo una revisión crítica de los planteamientos ortodoxos y se abrió un espacio de acercamiento entre los diferentes enfoques. Los resultados esperados de desarrollo que se anunciaban desde las propuestas oficiales no se producían, dándose por el contrario en muchos países un incremento de la pobreza que cuestionaba los planteamientos de los organismos internacionales basados exclusivamente en el crecimiento económico. Desde los países con problemas para mejorar su desarrollo se planteó la reivindicación de un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI) que les posibilitara acceder a los mercados internacionales, al tiempo que consiguieron establecer un ámbito de debate Norte-Sur donde se estudiaran conjuntamente las grandes cuestiones del desarrollo. Desde las instituciones multilaterales se promovieron estrategias donde la preocupación por la redistribución surgía como un aspecto olvidado del crecimiento y que se hacía necesario plantear como objetivo para conseguir un verdadero desarrollo social. Donde se dio un consenso mayor fue en considerar la satisfacción de las necesidades básicas de las personas una de las prioridades del desarrollo, de manera que, si los indicadores de las mismas no mejoraban, no podía afirmarse que se había avanzado en la consecución del desarrollo. Este enfoque fue incluso aceptado por el banco mundial.

Sin embargo, la década de los 80 supuso un retorno a las posiciones anteriores, ahora bajo el denominado Consenso de Washington, que refleja el pensamiento común de las organizaciones multilaterales y que preconiza la liberalización de las economías, su apertura hacia el exterior, el protagonismo del sector privado, la reducción del papel del Estado y unas políticas macroeconómicas estrictas, plasmadas a veces en programas de ajuste estructural, abandonando la preocupación por los objetivos específicamente sociales.

En la década de los 90 el debate sobre el desarrollo experimentó un punto de inflexión. Hasta entonces las diferentes posiciones, por muy encontradas que fueran en cuanto a las políticas que defendían, coincidían básicamente en cuáles eran los objetivos del desarrollo. La visión del desarrollo venía marcada por la idea de la modernización como escenario a conseguir, el cual en última instancia respondía a los niveles de industrialización y a los estándares de vida alcanzados por los países más ricos. De alguna manera, el desarrollo consistía en conseguir que los países más pobres se acercaran a las pautas de los países más ricos. Ello llevó a la identificación del desarrollo con el crecimiento económico, pensando que, una vez que se diera éste, de manera automática se producirían efectos beneficiosos para los sectores más pobres mediante un proceso de “filtración hacia abajo” (trickle down). Desde su inicio, en los años 40, la economía del desarrollo consideró que el objetivo era aumentar el volumen de bienes y servicios producidos. Ése era el desarrollo deseable y, además, se pensaba que era posible que todos los países pudieran acceder a él. El desarrollo se entendía como un proceso lineal en el que unos países habían iniciado antes la carrera y otros más tarde. Éstos tal vez tuvieran problemas para seguir la misma senda, pero en modo alguno existían impedimentos decisivos. El resultado final sería, dentro de ciertas desigualdades en los niveles de bienestar, que todas las economías serían capaces de experimentar un crecimiento económico suficiente.

Sin embargo, esos presupuestos comienzan a resquebrajarse con dos nuevas formulaciones: el desarrollo sostenible y el desarrollo humano. En cuanto al primero, empieza a percibirse que la naturaleza no permite cualquier modalidad de desarrollo y que es necesario tener en cuenta esa referencia fundamental a la hora de marcar los objetivos y las políticas para alcanzarlos. Aunque la primera llamada de atención la hizo el Club de Roma, en 1972, con su informe Los límites del crecimiento, no se toma conciencia de la existencia de estos límites hasta bien entrada la década de los 80, con el informe Nuestro futuro común (1989), que sirvió de base para la Conferencia de Desarrollo y Medio ambiente, celebrada en Río de Janeiro en 1992. La definición que se hace en la misma del desarrollo sostenible plantea no sólo la necesidad de ser solidarios entre las diferentes poblaciones para hacer un uso de los recursos naturales que permita a todos alcanzar niveles satisfactorios de bienestar, sino que esa solidaridad debe entenderse también con las generaciones venideras, de manera que el uso que se haga actualmente de los recursos no hipoteque las posibilidades de vida del futuro. A partir de entonces ya no cabe hablar sólo de desarrollo, sino que es necesario añadir la calificación de sostenible o sustentable. Ello no quita para que surja un nuevo debate en torno al contenido y las exigencias de la sostenibilidad o sustentabilidad; pero, en cualquier caso, ésta es una novedad importante con respecto al debate anterior.

En segundo lugar, el desarrollo humano cuestiona el concepto mismo de desarrollo que la sociedad viene considerando como deseable. Dicho de forma muy elemental, las sociedades de los países industrializados no ponían en duda que cuantos más bienes y servicios producidos, cuanto mayor sea la actividad económica, el bienestar de las personas aumentará igualmente. Se presuponía que todo incremento del producto reduciría la pobreza y elevaría el nivel general de bienestar. Era tan fuerte la relación que se establecía entre aumento de la producción y reducción de la pobreza que se pensaba que era suficiente con buscar el crecimiento para conseguir el desarrollo económico y social. Por eso, la medida del desarrollo por antonomasia, y por ende del bienestar, era y sigue siendo el ingreso o renta por habitante. Los países son clasificados por el banco mundial en función de sus niveles de renta por habitante.

Sin embargo, en el marco del sistema de las naciones unidas, el pnud, Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, lanzó a finales de los 80 el citado enfoque del desarrollo humano, que supone un cambio radical de los planteamientos anteriores en dos sentidos. Uno, la concepción del proceso de desarrollo como un proceso de expansión de las capacidades de las personas, de manera que puedan elegir su modo de vida. Dos, el cuestionamiento de que el desarrollo dependa fundamentalmente de la expansión del capital físico y la importancia atribuida al capital humano. En definitiva, se sustituye una visión del desarrollo centrado en la producción de bienes por otra centrada en la ampliación de las capacidades de las personas.

En la elaboración de este nuevo enfoque de desarrollo hay que destacar la contribución del premio Nobel de Economía de 1998, Amartya Sen, cuyas críticas al concepto de bienestar basado en la acumulación, o en la opulencia, como expresa muy certeramente, y su propuesta de un bienestar centrado en la persona humana, han tenido un amplio eco. De hecho, el enfoque de desarrollo humano impulsado por el PNUD se inspira, y así lo reconoce expresamente, en sus aportaciones teóricas.

Durante los años 90 se han celebrado una serie de conferencias internacionales que han abarcado los temas centrales del desarrollo y han establecido nuevas prioridades ante el escenario de interdependencia que caracteriza nuestro mundo. Desde la conferencia de Río de Janeiro sobre Medio Ambiente y Desarrollo en 1992, temas como los derechos humanos, la mujer, la población, los asentamientos urbanos y el desarrollo social han sido objeto de otras tantas citas internacionales. De alguna manera, han modificado la visión del desarrollo hegemónica, resumida en el citado Consenso de Washington, al resaltar precisamente dimensiones que éste dejó a un lado. La preocupación por la erradicación de la pobreza o, en un sentido más amplio, el desarrollo social, y la especial atención a las personas como destinatarios principales de los beneficios del desarrollo, pueden señalarse como las principales características y novedades que comparten las conclusiones de estas conferencias. A. D.


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Bibliografía
•Banco Mundial (2000), La calidad del crecimiento, Washington D.C.
•Berzosa, C. y J. L. Sampedro (1996), Conciencia del subdesarrollo, veinticinco años después, Ed. Taurus, Madrid.
•Bustelo, P. (1998), Teorías contemporáneas del desarrollo económico, Ed. Síntesis, Madrid.
•Hunt, D. (1989), Economic Theories of Development, Harvester-Wheatsheaf, Londres.
•Rist, G. (1997), The History of Development, Zed Books, Londres.
•Sen, A. (2000), Desarrollo y libertad, Ed. Planeta, Barcelona.

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