jueves, 20 de mayo de 2010

EL DESARROLLO COMO EXPANSIÓN, TRANSFORMACIÓN Y PERFECCIONAMIENTO DE LA ECONOMÍA EN EL TIEMPO

Este artículo expone los resultados de una investigación que se inicia examinando el estado de abandono teórico en que se encuentra la cuestión del desarrollo, a partir de las críticas que desde los enfoques neoliberal y ecologista se han hecho a las teorías y estudios sobre el tema, los cuales abundaron en décadas anteriores.

Se aborda luego el análisis de la actual crisis del desarrollo en el mundo, poniendo de manifiesto un conjunto de problemas que se asocian al proceso de crecimiento económico, tal como se ha verificado en las últimas décadas del siglo pasado: aumento de la pobreza, desocupación creciente, desarticulación del orden social, violencia e inseguridad ciudadana, deterioro del medio ambiente, desmejoramiento de la calidad de vida, irracionalidad demográfica.

En seguida se pone en discusión las distintas respuestas y propuestas que se han planteado frente a la crisis del desarrollo y los problemas que genera: el "dejar hacer al mercado", la tesis del "crecimiento cero", el control demográfico, el concepto del desarrollo sustentable, etc., evidenciando sus respectivos aportes y sus insuficiencias.

En base a una reformulación del concepto de desarrollo redefinido como transformación y perfeccionamiento de la economía en el tiempo, el cuerpo central de la investigación se despliega en el análisis de los contenidos, las formas y las implicaciones de la expansión, diversificación, cualificación y unificación de los procesos de producción, distribución, consumo y acumulación, constitutivos del desarrollo económico. El estudio aborda, finalmente, los aportes actuales y potenciales que al desarrollo así concebido hace actualmente y puede desplegar en el futuro la economía de solidaridad.

En este artículo se presenta una síntesis de la primera parte de la investigación: las críticas más recientes a las teorías del desarrollo y los problemas que avalan la hipótesis de que estamos ante una crisis global del tipo de desarrollo económico que se ha verificado en las últimas décadas; se analizan las principales respuestas y propuestas que tales problemas y crisis han suscitado recientemente, poniendo en evidencia sus insuficiencias, y se concluye formulando la necesidad de un nuevo paradigma del desarrollo, la elaboración debe comenzar replanteándose la pregunta por los objetivos deseables y posibles de un desarrollo de nuevo tipo.

La crisis del desarrollo económico y la necesidad de un nuevo paradigma.

Críticas y abandono de las teorías del desarrollo

La cuestión del desarrollo económico, que durante varias décadas concentró el interés de economistas y científicos sociales, hace tiempo que no da lugar a obras teóricas importantes. Es cierto que hay nuevos aportes, como aquellos que destacan el rol determinante de la ciencia, las tecnologías y los recursos humanos; pero tales elaboraciones no intentan proponer una teoría general del desarrollo que permita abordarlo globalmente, tal como se plantea en la actualidad, sino sólo establecer ciertos énfasis en el marco de concepciones anteriores -habitualmente referidas a aquella parte del mundo considerada subdesarrollada o en vías de desarrollo-, y que hoy se encuentran en gran parte obsoletas. Lo curioso es que el abandono de la cuestión no ocurre porque haya perdido vigencia ni porque se considere que ya exista una concepción teórica suficiente. Al contrario, veremos luego que el problema es hoy más grave y acuciante que nunca, mientras las más interesantes elaboraciones de los últimos años son aquellas que se han abocado a la crítica del desarrollo, sin proponer alternativas convincentes. De hecho la crítica ha sido tan contundente que retomar hoy el tema se ha convertido en una tarea especialmente ardua.

Varias son las vertientes de la crítica, de las que es necesario hacerse cargo. Algunas corrientes de pensamiento económico han dejado de reconocer el desarrollo como un problema teórico relevante, porque lo subsumen bajo la cuestión de la óptima organización del mercado en función de la más eficiente asigna-ción de los recursos. Argumentan que las teorías y modelos de desarrollo partieron siempre del supuesto que es posible acelerar los procesos de crecimiento mediante políticas de intervención y regulación estatal, que limitando el libre juego del mercado redistribuyeran la riqueza y reasignaran los recursos en función de objetivos nacionales de industrialización; pero tal intervención "desarrollista" distorsionaría los mercados provocando desequilibrios y disfuncionalidades que terminan frenando el crecimiento económico. Desde esa perspectiva el problema importante no es el desarrollo económico como tal sino la óptima organización y funcionamiento del mercado, siendo el desarrollo sólo su lógica consecuencia.

Desde una óptica muy distinta, acuciados por la preocupación ecológica, también abandonan el tema -excepto para formular la crítica al desarrollo con creciente precisión- quienes observan la tendencia al agotamiento de los recursos "no renovables" y los desequilibrios del ecosistema derivados del crecimiento de la sociedad in-dustrial. Refuerzan la argumentación relevando, junto al problema ecológico, el carácter unilateral, centrado en las cosas y no en las personas, de un desarrollo económico que no se traduce en una mejor calidad de vida y que incluso inhibe el desarrollo social y cultural. La conclusión de tales análisis es, en extrema síntesis, que seguir persiguiendo el crecimiento significa adentrarse aún más por un camino sin salida y sin retor-no. Es cierto que estas críticas cuestionan el crecimiento más que el desarrollo, concepto que recuperan al redefinir el desarrollo deseable como integral, ecológicamente sustentable y a escala humana, pero al explicitar lo que éste implicaría difícilmente puede reconocerse, en lo que queda después de la crítica, una propuesta que pueda ser asumida como desarrollo económico.

En realidad, en ninguno de estos enfoques se ha dado aún el paso de negar el desarrollo como un objetivo deseable, tanta ha sido y sigue siendo la fuerza motivadora del concepto (1). Sin embargo, sea que se lo valore y afirme como el resultado no problemático de los equilibrios macroeconómicos y del libre operar de los agentes del mercado, o que el interés se exprese como búsqueda de un "ecodesarrollo" que implique al mismo tiempo una superior calidad de vida, el hecho es que la cuestión del desarrollo económico como tal ha sido teóricamente desplazada.

Es preciso reconocer validez, al menos parcial, a las razones esgrimidas desde ambas perspectivas críticas; pero es necesario enmarcarlas en un cuerpo teórico más amplio que les asigne la debida proporción. Por un lado, es persuavido el argumento que muestra el desarrollo como resultado y consecuencia del más perfecto funcionamiento del mercado, a condición de que por ello entendamos la óptima distribución y asignación de los ingresos y recursos bajo todas sus formas (o sea no solamente en base a intercambios), e incluyendo a todos los sujetos individuales o colectivos que forman parte de la sociedad.

Bajo esta condición se tornaría posible integrar la teoría del mercado con la del desarrollo. En efecto, la teoría del desarrollo se separó de la teoría del mercado, constituyendo un cuerpo teórico aparte, porque la teoría del equilibrio general del mercado supone que éste está constituído exclusivamente de in-ter-cambios entre oferentes, intermediarios y demandantes, dejando fuera del análisis otras relaciones y flujos económicos (planificación, asignaciones, cooperación, donaciones, reciprocidad, etc.) en que participan ampliamente los sectores público y so-lidario. Si en cambio se considera que todas estas relaciones y flujos económicos son parte integrante y necesaria del mercado determinado, habrá que reconocer el papel que cumplen las políticas públicas y el operar de los sujetos sociales en su organización y funcionamiento perfec-tos y de equilibrio. Aún así, deberá considerarse además que el desarrollo económico no depende sólo de la óptima organización del mercado y la distribución, sino también de la eficiencia productiva, del perfeccionamiento del consumo y del bienestar social, que requieren también ser integrados en una teoría general del desarrollo.

En cuanto a la segunda vertiente de la crítica, resulta obvio que el desarrollo no puede destruir la naturaleza, fuente principal de todos los recursos económicos, y que es preciso no sólo emplear con parsimonia y racionalidad aquellos que proporciona en forma limitada, sino también, y mucho más profundamente, cuidar sus equilibrios que sólo ellos garantizan la reproducción natural de la vida, prerequisito de cualquier economía. Evidentemente, carece de todo sentido pretender un equilibrio y un desarrollo económicos que rompan el equilibrio ecológico que lo sustenta. ¿Cómo reconocer el desarrollo económico -que implica la óptima asignación y utilización de los recursos y factores- cuando se va redu-cien-do y deteriorando la fuente misma de esos recursos y facto-res necesarios? Y ¿qué crecimiento económico puede interesarnos si éste no hace crecer a los hombres ni genera calidad de vida y bienestar social?

No sólo, pues, reconocemos validez a las razones y problemas por las que hoy se tiende a abandonar el tema del desarrollo, sino que son ellas las cuestiones fundamentales que una nueva concepción y propuesta de desa-rro-llo debe abordar y resolver. Se trata de construir una teoría general del desarrollo que no contradiga, sino que prolongue cohe-ren-temente la concepción del mercado y del mejor funcionamiento de la economía en su conjunto, mediante una visión dinámica de su organización en el tiempo. Y se trata de una teoría que no sólo considere las "variables" ecológicas y humanas, sino que entienda la ecología, el medio ambiente, el desarrollo social y el crecimiento humano como elementos constitutivos centrales del concepto mismo del desarrollo.

Los problemas que genera el desarrollo evidencian su crisis

No podemos abandonar la cuestión del desarrollo, puesto que no nos acercamos al tema con el enfoque miope que se pregunta de qué manera las economías industrializadas pueden continuar incrementando indefinidamente la producción de los mismos bienes y servicios que hoy saturan los mercados, ni cómo puedan los países considerados atrasados o subdesarrollados alcan-zar los niveles y modos de producir y consumir que se observan en los países que se considera avanzados. De lo que se trata es de identificar caminos viables de solución a los grandes problemas que aquejan a la humanidad, y más allá de ello, de descubrir nuevos derroteros para la vida humana, nuevos continentes en los cuales pueda expresarse la creatividad individual y colectiva, nuevos espacios y nuevos tiempos para el desarrollo y expansión del espíritu.

En lo inmediato, consideramos que el tema del desarrollo económico no solamente no puede abandonarse sino que constituye hoy más que nunca, precisamente por estar tan profundamente cuestionado, el problema que plantea los desafíos teóricos más serios e importantes, a cuya resolución debe abocarse con urgencia la búsqueda intelectual. En efecto, la humanidad enfrenta actualmente la más profunda y extendida crisis que haya experimentado tal vez en la historia, crisis que puede entenderse precisamente como la crisis del desarrollo.

Al hablar de "crisis del desarrollo" no nos referimos sólo ni tanto a fenómenos y procesos gravísimos de la economía internacional como el deterioro del "estado de bienestar", la crisis financiera y de endeudamiento, la crisis del empleo, o la evolución zigzagueante que manifiesta en las últimas décadas una economía internacional en proceso de globalización, en que se suceden desajustes y recesiones que se prolongan más de lo esperado y que resultan cada vez más impredecibles para los economistas. La "crisis del desarrollo" de que hablamos es algo muchísimo más profundo y serio que todo ello.

La podemos expresar, como hipótesis, en estos términos concisos: mientras la economía mundial continúa su proceso de expansión y crecimiento global, una visión de conjunto del mundo permite prever que estamos avanzando hacia un colapso de la misma civilización que se está expandiendo y creciendo. La Crisis del desarrollo no significa, pues, que lo que hemos entendido como desarrollo esté dejando de verificarse, sino al contrario, que mientras más avanzamos por el camino de ése desarrollo, más se agudizan los problemas y contradicciones de la sociedad y más nos acercamos al punto en que continuar por dicha senda resultará imposible.

Naturalmente, esta hipótesis debe fundamentarse. En la perspectiva de las críticas del desarrollo a que hemos hecho referencia existen numerosas obras de lúcidos pensadores que alarmados postulan esta hipótesis con creciente convicción; y que acopian argumentos e informaciones que proporcionan una visión contundente de la crisis. Aquí, con el solo propósito de fundamentar nuestra afirmación de que la cuestión del desarrollo constituye hoy, no obstante la deserción de los economistas, el más formidable problema y desafío que la teoría económica debe encarar, nos limitaremos a señalar algunos grandes procesos y hechos que por ser concomitantes al desarrollo económico en curso nos ponen en presencia de su crisis.

a) Incremento de la pobreza. Conocida es la dificultad para definir y cuantificar la pobreza. En realidad, el concepto de pobreza es tan difícil de precisar como el de desarrollo, del cual es en última síntesis su opuesto. Pero aquí nos referimos a la pobreza entendida al modo convencional, como aquella situación que viven las personas y familias que carecen de lo necesario para llevar una vida digna, y cuya insatisfacción de las necesidades básicas se ha convertido en una situación permanente. Pues bien, no obstante el "desarrollo" -medido con los indicadores tradicionales- haya sido notable en las últimas décadas, hasta el punto que el ingreso per capita se ha duplicado en treinta años a nivel mundial, la pobreza y la extrema pobreza han aumentado tanto en términos del número y proporción de la población afectada como de la magnitud de las carencias que implica en promedio. Informes de las Naciones Unidas constatan que más de 1.500 millones de personas en los países "en vías desarrollo" padecen de pobreza absoluta, y que la pobreza está aumentando incluso en los países "desarrollados"; en Estados Unidos y en la Unión Europea más del 15% de la población ha caído en su nivel de vida por debajo del umbral de pobreza. Se pone en evidencia una situación crecientemente dramática: mientras la economía global crece y las tecnologías se perfeccionan, la pobreza aumenta, sea en términos relativos como absolutos. Naturalmente, el hecho contradice todas las previsiones y expectativas asociadas al concepto de desarrollo; pero es indesmentible, y en sí mismo cuestiona radicalmente lo que dicho concepto y sus modos de medición suponen.

b) Aumento de la desocupación, la precariedad y el subempleo. Estrechamente relacionado con el aumento de la pobreza está lo que ocurre con la fuerza de trabajo: aumento de la desocupación, empleo precario y subempleo. Uno de los fenómenos más inquietantes que causa y pone de manifiesto esta nueva realidad del trabajo es el llamado crecimiento sin empleo. En efecto, en los últimos tres decenios, a nivel global, la tasa de crecimiento del empleo fue aproximadamente la mitad que la de la producción. Especialmente en ésta década, a medida que la producción ha ido aumentando el empleo lo va haciendo a un ritmo cada vez menor. Conforme a las tendencias actuales, se está llegando a una situación en que el crecimiento económico no genera nueva ocupación, y en el mejor de los casos el aumento del empleo seguirá muy por detrás tanto del crecimiento como de la expansión de la fuerza de trabajo. El subempleo, el empleo ocasional y parcial, la precariedad ocupacional, el autoempleo y la economía informal, se expanden aceleradamente en todas partes, poniendo de manifiesto el fenómeno aunque no obstante ayuden a ocultarlo en la información estadística. Esta extraña asociación que ha llegado a establecerse entre el crecimiento económico y el decrecimiento y precariedad del empleo, muestra una de las facetas más inquietantes de la crisis del desarrollo. Este parece haber dejado de ser inclusivo y hacerse excluyente: una proporción cada vez menor de la población es la que contribuye al desarrollo y participa de sus beneficios. Las secuelas sociales, psicológicas, culturales y políticas de ello son sin duda alarmantes y cuestionan, radicalmente, el sentido y el valor que aun hoy día es posible de atribuir al desarrollo económico en la forma en que viene verificándose.

c) Desigualdades económicas y desintegración del orden social. El aumento de la pobreza y el deterioro del empleo generan una distancia creciente entre los niveles de vida y de ingresos que separan a los países y a los grupos sociales. La distribución del ingreso a nivel mundial presenta una estructura extremadamente desigual a nivel de países. La situación se visualiza aún más extrema si se tiene en cuenta que al interior de los países, especialmente de los más pobres, la desigualdad vuelve a hacerse presente de manera extrema. Por ejemplo, en Brasil el quinto más rico de la población recibe 26 veces más ingresos que el quinto más pobre. Considerando la producción por países, la participación del 20% más pobre de la población mundial en el producto bruto mundial, bajó del 2,3% en 1970 al 1.3% en 1990; su participación en el comercio mundial descendió de 1.3% al 0.9%; y en la inversión interna se redujo en los mismos años del 3.5% al 1.1%. La población de los países industrializados representa aproximadamente una quinta parte de la mundial, pero consume 10 veces más energía comercial que la del resto del mundo. Ninguno de estos fenómenos ha manifestado signos de reversión en los últimos años; al contrario, los procesos de concentración del capital y la riqueza han seguido acentuándose. Como consecuencia de estas crecientes desigualdades, el orden social se torna cada vez más difícil de sostener sobre bases racionales. La mayoría de los países se encuentra afectado por graves conflictos internos, casi 50 millones de personas son refugiados o desplazados en sus propios países, los fenómenos de ingobernabilidad tienden a extenderse, y todos los sistemas políticos se resienten por la desafección ciudadana y la pérdida de credibilidad.

d) Aumento de la delincuencia y de la inseguridad ciudadana. En el contexto de los fenómenos mencionados, las actividades delictuales y la violencia contra las personas y los bienes está aumentando velozmente. El fenómeno no afecta solamente a los países pobres y a los grupos sociales más carenciados, pues se extiende también en los países desarrollados y constituye una amenaza para todos los sectores sociales. Puede afirmarse que todas las personas se encuentran crecientemente amenazadas por alguna de las formas de violencia, sea súbita e imprevista o permanente, sea ejercida por individuos, por grupos sociales e incluso por los Estados, incluida la acción de los organismos públicos destinados a proporcionar seguridad a los ciudadanos. Aumenta la delincuencia y la violencia callejera ejercidas por pandillas organizadas, las violaciones y el maltrato a los más débiles, las tensiones étnicas que amenazan a extensos asentamientos humanos, los accidentes de tránsito y los accidentes industriales, el alcoholismo, la drogadicción y los suicidios. Los individuos, las familias, las empresas y las instituciones se ven obligadas a incrementar sus protecciones y medios de defensa, incurriendo en elevados costos, y ello suele ir aparejado por un incremento de la violencia con que son ejecutadas las actividades delincuenciales. En las grandes ciudades las vidas humanas corren más riesgo que nunca antes, y la mayor fuente de ansiedad es la delincuencia y la inseguridad ciudadana.

e) Deterioro del medio ambiente y desequilibrios ecológicos. El problema ecológico afecta al planeta en su globalidad y se está agudizando en todos los planos. Está deteriorándose la atmósfera con la contaminación del aire por partículas y gases tóxicos que emanan de la combustión y el uso de energías impuras. Los Angeles produce 3.400 toneladas de contaminantes por año, Londres 1.200 toneladas y México D.F. 5.000 toneladas. Está afectada la hidrósfera, las aguas de los ríos, lagos y mares que reciben todo tipo de residuos tóxicos, e incluso las aguas lluvias devuelven a la tierra las impurezas del aire en el fenómeno conocido como "lluvia ácida". Actualmente el abastecimiento mundial de agua per cápita es sólo un tercio de lo que era en 1970. Se está contaminando la geósfera sobre la que se derraman pesticidas y otros productos químicos de alta peligrosidad, y se expande la deforestación y desertificación de extensas zonas geográficas. Todos los años se pierden entre 8 y 10 millones de acres de bosques, una superficie igual a Austria; sólo en el Africa del Sur del Sahara, en los últimos 50 años se han transformado en desierto 65 millones de hectáreas de tierra productiva. Existe un problema muy serio a nivel de la estratósfera, producido por el adelgazamiento de la capa de ozono que deja pasar los rayos ultravioletas en proporciones muy superiores a las normales.

Se están verificando cambios y desequilibrios en los climas, con efectos imprevisibles y magnitudes potenciales que aún desconocemos. La deforestación ha provocado sequías e inundaciones cada vez más intensas. Está sufriendo grave deterioro la biósfera, por la extinción de especies animales y vegetales que implican insospechadas pérdidas de material genético y deterioros en los delicados equilibrios biológicos. Las emisiones descontroladas de radioactividad y energía nuclear, con sus peligrosos residuos, están afectando al planeta en su conjunto, y constituyen un nuevo factor de preocupación y alarma. En síntesis, la industrialización intensiva y el desarrollo económico en su forma actual, han sometido el planeta a una tensión intolerable, y los cada vez más frecuentes desastres afectan a cientos de millones de personas cada año. Este deterioro ecológico cuestiona el desarrollo económico en sus formas actuales, tanto debido a que los recursos naturales se están utilizando y degradando a una tasa que compromete su disponibilidad para las próximas generaciones, como por el hecho que los desechos se están acumulando tan ampliamente que comprometen el futuro de la biósfera. Si ello es cierto, continuar por la senda del actual tipo y modo de crecimiento no solamente resultaría cuestionable éticamente, sino que sería objetivamente inviable en un futuro próximo.

f) Deterioro progresivo de la calidad de vida. Definir la calidad de vida, y aún más, disponer de indicadores apropiados para evaluarla, es tarea compleja. Pero podemos hacer referencia a ciertos parámetros generales que nos llevan a percibir una fuerte tendencia al deterioro no solamente en las naciones pobres, sino también en las más avanzadas. La calidad de vida es experimentada subjetivamente por las personas, pero depende de un conjunto de condiciones en que la vida personal y social se desenvuelve, y se manifiesta en los niveles y formas en que se satisfacen las necesidades, aspiraciones y deseos de la gente, a partir de las más fundamentales: alimentación, vivienda, salud, educación, convivencia, recreación, participación social, etc. En este sentido se constata que, no obstante los adelantos tecnológicos de todo tipo, la inmensa mayoría de la población mundial está afectada por un deterioro de la calidad de los alimentos, por el deterioro de las condiciones de habitabilidad en los grandes centros urbanos, por enfermedades nuevas y el reaparecimiento de otras que parecían dominadas hace tiempo, por una convivencia social más insatisfactoria, por el debilitamiento de la participación social, por afecciones psicológicas como el estrés, la depresión, las anomias y otras debilidades que se agudizan, todo lo cual lleva a que cada vez sean más las personas que declaran su insatisfacción personal, y que no esperan del futuro un mejoramiento real en sus vidas.

Incremento de la pobreza, disminución tendencial del empleo, crecientes desigualdades económico-sociales, desintegración progresiva del orden social, aumento de la delincuencia y de la inseguridad ciudadana, deterioro del medio ambiente y desequilibrios ecológicos, empeoramiento de la calidad de vida, constituyen un conjunto impresionante de problemas que aquejan a la humanidad.

Ciertamente, no todo es negativo y son numerosos también los autores que destacan la existencia de tendencias y procesos positivos, que implican en muchos casos la desaceleración o cierta compensación respecto a los mismos problemas señalados. Pero los problemas mencionados afectan tan centralmente las dimensiones fundamentales del desarrollo, y se encuentran tan extendidos en el mundo, tanto en los países considerados desarrollados como en los llamados "en vías de desarrollo", que nuestra afirmación de la crisis del desarrollo resulta suficientemente fundamentada.

En este contexto, si algún sentido tiene replantearse la cuestión del desarrollo no puede ser otro que el de preguntarse qué hacer frente a su crisis, e indagar concretamente cómo enfrentar ese conjunto de problemas que afectan a la sociedad contemporánea y frente a los cuales no parece haber respuesta, o dicho más exactamente, las respuestas que se han dado y las propuestas que se hacen no resultan convincentes ni suficientes. Empecemos por aquí.

Primera respuesta equivocada: más desarrollo del mismo tipo

Es corriente en la actual cultura económica y política, asociar cada uno de los problemas que hemos expuesto a la falta de un desarrollo económico suficiente, o a limitaciones específicas que manifiesta en uno u otro lugar y en uno u otro sentido. Esto conduce naturalmente a pensar que la solución de esos problemas debe simplemente esperarse de la aceleración, acentuación o completamiento de ese mismo desarrollo, o a lo más de ciertas correcciones que debieran hacérsele. No estaría entonces cuestionado el desarrollo económico en sí, ni sus objetivos y medios, sino solamente algunos aspectos de su realización práctica. Tal es, de hecho, la convicción que parece presidir la acción de los gobiernos y de los organismos internacionales preocupados de la situación, los que así contribuyen poderosamente a validar un modo de pensar la realidad y sus problemas actuales que tiende a prescindir de la idea de un cambio radical y de la necesidad de un nuevo paradigma teórico.

Sostenemos en nuestra investigación que tal punto de vista constituye un error fundamental, cuyas consecuencias no pueden ser otras que el futuro agravamiento de los problemas y la agudización de la crisis del desarrollo. En efecto, una indagación más profunda de los problemas de pobreza, desocupación, desigualdad social, desarticulación de la convivencia, inseguridad, desequilibrio ecológico y pérdida de calidad de vida, nos muestra que si hace tres décadas dichos problemas podían ser atribuidos al subdesarrollo, la situación ha cambiado estructuralmente de modo tal que ahora dichos problemas están siendo agudizados por el mismo avance del desarrollo económico del cual se esperaba la solución.

Si observamos las series estadísticas, y pensamos por un largo momento, no será difícil darse cuenta, en efecto, que el incremento de la pobreza y la desocupación, la desigualdad social y la inseguridad ciudadana, el deterioro de la calidad de vida y del medio ambiente, acentuadas en las últimas décadas, han sido concomitantes al impresionante crecimiento de la producción, a la industrialización moderna, a la creación de grandes empresas, a la producción en serie y a gran escala, y a la utilización de tecnologías sofisticadas. De hecho, esos procesos suponen y a la vez generan una impresionante acu-mulación de capitales en manos de los organizadores de actividades productivas, financieras y comerciales de gran tamaño y en expansión. Todo ello -con lo cual se identifica habitualmente el desarrollo económico-, ha significado transferir volúmenes gigantescos de recursos humanos, financieros y materiales hacia la industria, despojando y empobreciendo otras actividades económi-cas como la agricultura, la artesanía, la educación y la salud.

Ahora, la mayor parte de la producción industrial no se orienta a la satisfacción de las necesidades básicas de alimentación, vivienda, sa-lud y educación para el conjunto de la población, sino de otras necesidades, aspiraciones y deseos más sofisticados, difundidos en ciertos sectores sociales que disponen de mayor poder de compra, y cuya satisfacción requiere artefactos de más compleja elaboración; y también a la producción de armamentos o de bienes de capital destinados a la misma producción industrial. Es así que, en vez de acercarnos a la posibilidad de que todos puedan satisfa-cer sus necesidades básicas superando la pobreza, tal desarrollo económico ha venido reproduciéndola y acentuándola. Una economía orientada a la satisfacción de necesidades básicas, si algo debiera priorizar serían exactamente aquellas ramas o sectores de la economía que proveen los bienes y servicios que las satisfagan, o sea la agricultura, la educación, la salud, y también las manufacturas e industrias relacionadas directamente con ellas y que no son precisamente las de gran tamaño ni las que requieren inversiones gigantescas.

Del mismo modo, de todos los sectores es la industria moderna el que ocupa menor propor-ción de fuerza de trabajo por unidad de capital; y a partir de cierto nivel de industrialización básica, menor tiende a ser la proporción de los ocupados en la industria sobre el total de la población en condiciones de trabajar. Son, por el contrario, aquellos mismos sectores que se orientan más directamente a la satisfacción de las necesidades básicas los más intensivos en el empleo de trabajo humano. Cuando la fuerza de trabajo es abundante, priorizar actividades intensi-vas en capital y que ocupan poca mano de obra es dar-le al conjunto de los factores un uso ineficiente. La citada separación tendencial de los índices de crecimiento y empleo es manifestación de este hecho evidente.

El industrialismo en gran escala pudo mejorar la calidad de vida sólo cuando y para quienes las necesidades básicas están razonablemente satisfechas, y ello siempre que no sobrepase ciertos límites. Pero si el objetivo aún le-jano es un pueblo bien alimentado, con buena salud, culto, bien comunicado, que viva en viviendas dignas, parece más razonable orientar la producción y la actividad económica directamente hacia tales metas y no esperar que ellas resulten de un efecto de "chorreo" del desarrollo industrial, después de que para acelerarlo se haya tenido que transferir recursos desde el cam-po a la ciudad y desde los demás sectores hacia la industria; o sea, después de haber postergado y en realidad sacrificado los objetivos pretendidos, como ha ocurrido.

Por otro lado, es bien sabido que los vínculos de comunidad y convivencia social no se fortalecen, sino que han experimentado incluso un deterioro en el contexto del industrialismo y el desarrollo. La producción industrial, que separa la actividad productiva del entorno familiar y comunitario y la concentra en las fábricas y empresas, es una de las causas del debilitamiento de los vínculos humanos primarios, tan evidente en nuestra civilización.

En cuanto al medio ambiente, el desarrollo industrialista está disminuyendo de manera alarmante las disponibilidades de campos para el cultivo, de aguas para los diferentes usos, de bosques y recursos del mar, y de varios tipos de minerales y otros recursos del subsuelo. En general, puede afirmarse que se notan cada vez más los signos de un mal uso y consecuen-te destrucción de muchos de ellos, debido a que la industria no se caracteriza por respetar los ritmos y la vida propios de la naturaleza. En términos más amplios, puede afirmarse que la in-dustria moderna ha llegado a ser dilapidadora de los medios materiales de producción, pues los explota con tal intensidad que reduce manifiestamente su posible vida útil.

En contrapartida, se señala a menudo que el desarrollo industrialista ha incentiva-do un fuerte desarrollo del factor tecnológico. Ello es his-tóricamente cierto; pero no son pocas las advertencias que hacer al respecto. En primer lugar, ese desarrollo tecnológico vincu-lado al industrialismo ha manifestado sesgos en el sentido de que se han perfeccionado ciertos tipos de tecnologías en desmedro de otras, dando un resultado que muchos analistas y pensadores denuncian como desequilibrado. En segundo lugar, que en buena medida el desarrollo tecnológico moderno y contemporáneo no es atribuible directamente al industrialismo, como se sostiene, sino a impulsos originados en otros procesos, especialmente el desarrollo de las ciencias y las comu-nicaciones, la difusión de la educación, etc. En tercer lugar, que la actividad de innovación tecnológica se ha concentrado en unos pocos países avanzados, en pocas grandes industrias, y en un reducido porcentaje de la población que ha podido adquirir las bases de conocimiento y los medios necesarios para realizarlo, mientras el "saber hacer" y las capacidades creativas de la inmensa mayoría de la población permanecen inactivas.

Es importante precisar que con estas observaciones no estamos apuntando a resaltar las cualidades de la producción tradicional ni postulando una vuelta al pasado, como parecen desear algunos autores críticos del crecimiento a los que nos referiremos más adelante. Nuestra búsqueda de una nueva concepción del desarrollo nos orienta en una direción distinta y nueva, que mira al futuro a partir de las situaciones reales y actuales de nuestras sociedades. A manera de contraargumentación frente a una previsible suspicacia en este sentido, y sólo para mostrar de manera provisoria porqué pensamos que abandonar la prioridad que se otorga a la industrialización no ha de llevarnos a una sociedad más arcaica o atrasada, sino que podría conducirnos incluso a niveles de vida avanzadísimos si se los evalúa con los parámetros de la calidad de vida, sugerimos pensar en las siguientes situaciones hipotéticas: a) un desarrollo consistente y cualitativo de las comunicaciones, realizado transfiriendo recursos desde, por ejemplo, la industria automotriz, podría llevarnos a una situación en que excelentes medios de comunicación disponibles hagan innecesario el uso de muchísi-mos automóviles y medios de transporte, con el consiguiente mejoramiento de la vida urbana; b) un desarrollo cualita-tivo y cuantitativo de la educación, realizado transfiriendo recursos financieros ocupados en la industria de armamentos o en una serie de industrias que producen baratijas, llevaría a una sociedad de hombres más cultos en que la demanda de baratijas disminuiría y donde el uso de las metralletas y armas sería muy bajo; c) la liberación de recursos para el sector salud desde una serie de industrias químicas, podría conducir a una sociedad de personas más saludables que demandarían menos pro-ductos químicos y farmacéuticos.

Con estas consideraciones tampoco pretendemos negar el valor de la industria y el aporte que puede hacer la industrialización al desarrollo económico, especialmente en ciertos aspectos y desarrollada con equilibrio y proporcionadamente a los otros sectores de la acti-vidad. De lo que se trata es, simplemente, de disociar los conceptos de desarrollo y de industrialización, para quedar en condiciones de reexaminar el asunto sin las restricciones de una cultura que los ha vinculado tan estrechamente, y con el objeto de abrir espacio a la búsqueda de un concepto del desarrollo que puede ser muy diferente al que manejamos habitualmente.

Del mismo modo, resulta indispensable disociar el desarrollo del proceso de acumulación de capitales, con el que también se acostumbra identificarlo. En realidad, tal identificación no es sino una consecuencia de haber previamente asimilado el desarrollo a la industrialización, ya que es ésta la que requiere consistentes niveles de acumulación y concentración de capitales, sea en manos de los empresarios pri-va-dos o del Estado. En la asociación entre desarrollo y acumula-ción de capitales ha influído también el hecho que en la genera-ción de las principales actividades económicas durante los úl-timos siglos ha actuado predominantemente el capital como cate-goría organizadora. Pero una sociedad no necesariamente es desarrollada porque disponga de abundantes capitales, sino en cuanto haya logrado expandir las potencialidades de los sujetos económicos que la conforman, ampliando el campo de sus actividades productivas, comerciales, tecnológicas, culturales, científicas, etc. Ello requiere bienes y servicios económicos concretos y una ade-cuada dotación de recursos materiales y financieros; pero más im-portantes que ellos son el desarrollo de las capacidades humanas, el aprendizaje de los modos de hacer las cosas, los conocimientos científicos y tecnológicos disponibles y su grado de difusión en la sociedad, las energías sociales y comunitarias que puedan ser desplegadas tras objetivos compartidos, la acumulación de infor-ma-ciones crecientemente integradas, la organización eficiente de las actividades, por parte de los sujetos que han de utilizar los recursos disponibles. Más que de fac-tores materiales y financieros el desarrollo requiere la forma-ción de nuevos comportamientos, de una ética de responsabilidad individual y social, de determinados hábitos de trabajo y métodos de conducción, de grados crecientes de organización social, de procesos de aprendizaje, requeridos por la multiplicación de las informaciones y la complejidad y pluralidad de las relaciones humanas y del proceso histórico.

Una vez disociado el desarrollo del proceso de industrializa-ción y de la acumulación de capitales, puede también compren-derse que sus agentes promotores pueden ser sujetos distintos de los empresarios capitalistas o de la burocracia estatal, o al menos, que no son éstos los únicos involucrados en la tarea. La experiencia histórica permite comprender que sólo puede hablarse de verdadero desarrollo allí donde la sociedad en su conjunto -todos sus grupos funcionales y categorías sociales- participan de los beneficios del desarrollo al mismo tiempo que contribuyen de algún modo a generarlo; en otras palabras, que el real agente im-pulsor del desarrollo no es otro que la gente y el pueblo en su multiplicidad y diferenciación. Para que ello sea posible, en vez de acumulación de capitales se requiere la diseminación social del capital.

Podemos comprender cuán honda es la contradicción entre el actual tipo de desarrollo y el logro de lo que las personas y sociedades esperan de él, agregando una observación adicional. Nunca como ahora el futuro de la humanidad había estado tan profundamente cuestionado. Cada uno de los problemas y tendencias mencionados es suficiente para crear una tremenda incertidumbre respecto al porvenir de la humanidad. Esta inseguridad colectiva se manifiesta también a nivel personal: los hombres viven actualmente en un creciente estado de inseguridad, y como nunca antes se difunde la sensación de vulnerabilidad. El gran problema de la humanidad, y la principal preocupación de cada ser humano, la constituye hoy, indudablemente, la inseguridad e incerteza frente al futuro. Pero ¿no es acaso el desarrollo, en su esencia, el esfuerzo que hacen los hombres y las sociedades por alcanzar seguridad frente al futuro? ¿No es precisamente con el objetivo de asegurar el futuro que los hombres sacrifican consumo presente, ahorrando e invirtiendo los excedentes no consumidos para garantizar la reproducción ampliada de la economía y de la vida en el tiempo? La paradoja es que precisamente la creciente inseguridad que experimentamos frente al futuro sea actualmente percibida como consecuencia del desarrollo, o sea precisamente del esfuerzo cuyo sentido no es otro que proporcionarnos dicha seguridad. Pero si lo que nos provoca inquietud frente al futuro es el mismo despliegue de febril actividad que ejecutamos para garantizarlo, entonces todo pierde sentido y el desarrollo resulta cuestionado en su esencia misma.

Segunda respuesta equivocada: "el crecimiento cero"

La tesis del "crecimiento cero" surgió del análisis de una abundante información sobre el progresivo agotamiento de ciertos recursos naturales como resultado de un proceso de desarrollo que implica su explotación intensiva. Esta tesis se ha visto sucesivamente reforzada por la creciente evidencia del deterioro del medio ambiente y por los graves desequilibrios ecológicos que genera y reproduce el crecimiento económico.

Fue el Club de Roma quien levantó con especial fuerza la cuestión del agotamiento de los recursos fue el Club de Roma en su informe de 1972 sobre Los límites del crecimiento. Analizando con modelos sistémicos las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, concluyó que el planeta alcanzaría los límites teóricos de su crecimiento en el curso de los próximos cien años, pero que ya mucho antes comenzarían a manifestarse desajustes y desequilibrios tales que los límites prácticos se harían presentes con una rapidez asombrosa (Cfr. Donella H. Meadows et als 1972). Veinte años después, en Más allá de los límites del crecimiento, el Club de Roma reformuló dicha conclusión afirmando que "la utilización humana de muchos recursos esenciales y la generación de muchos tipos de contaminantes han sobrepasado ya las tasas que son físicamente sostenibles; sin reducciones significativas en los flujos materiales y de energía, habrá en las décadas venideras una incontrolada disminución per capita de la producción de alimentos, el uso energético y la producción industrial" (Club de Roma 1992: 23). Frente a esta situación, la propuesta del Club de Roma apunta a alterar urgentemente las tasas de crecimiento, de forma de alcanzar en tiempo prudencial una condición de estabilidad económica y ecológica que pueda mantenerse durante largo tiempo: una economía sin crecimiento.

Los análisis críticos del crecimiento son de indudable valor, ante todo en cuanto ponen en evidencia un problema real de recursos del cual no será posible prescindir, y especialmente en cuanto evidencian que el actual tipo de crecimiento (en curso) tiene límites ecológicos objetivos. El cuestionamiento de la economía que conllevan estas críticas es particularmente profundo, pues ponen en tela de juicio el crecimiento en un tipo de economía que se sustenta socialmente sobre su crecimiento, y que sin éste pierde toda posibilidad de mantenerse en el tiempo. En efecto, sin crecimiento esta economía perdería su ya escasa legitimidad social; pero no sólo éso, también se convertiría en una actividad sin sentido para los propios capitalistas, porque el sentido de esta economía se lo da precisamente su modo de acumulación y crecimiento. Sin este crecimiento desaparecerían las razones que llevan a los organizadores económicos a crear y desarrollar empresas. En efecto, no tiene sentido una economía capitalista dedicada a la reproducción simple del capital, cuando sus objetivos y su particular racionalidad son precisamente la reproducción ampliada.

Pero los críticos del crecimiento que son a la vez críticos de este sistema económico, no debieran frívolamente alegrarse, pues detener el crecimiento tornaría extremadamente agudos los problemas ya gravísimos de la pobreza, del medio ambiente, de la calidad de vida, etc. Además, no es coherente postular simultáneamente el "crecimiento cero" y un cambio profundo en los modos de producir, distribuir y consumir, porque tal cambio requiere efectuarse con recursos económicos nuevos, con más y abundantes medios que la misma economía deberá proporcionar. En otras palabras, un cambio en el modo de hacer economía y en la dirección del desarrollo requiere efectuarse en un contexto de crecimiento económico, que aunque muy distinto del actual exigirá disponer de nuevos recursos. Y estos, en la hipótesis del "crecimiento cero" no se producirían; solamente cabría desplazarlos de las actividades económicas ya en funcionamiento, pero esto implicaría no sólo que la economía deje de crecer sino que al menos por un tiempo que puede prolongarse demasiado disminuya significativamente su tamaño actual, lo que conllevaría una verdadera catástrofe económica y social.

También desde el punto de vista específico de la ecología y el medio ambiente la tesis del "crecimiento cero" es inapropiada e inconducente. Es obvio que no se logra superar el deterioro ecológico simplemente deteniendo el crecimiento de la economía actual, pues aún si ella dejara de crecer continuaría generando graves desequilibrios medioambientales, al nivel en que los está produciendo actualmente. El único resultado de la detención del crecimiento sería extender el plazo del colapso, y en el mejor de los casos lograr que el deterioro continúe aunque sin acelerarse, pero no detenerlo ni menos revertirlo. Por el contrario, recuperar el medio ambiente supone abundantes actividades económicas nuevas, que han de ser desplegadas conforme a la lógica de una economía ecológicamente apropiada. Y ello implica crecimiento económico.

El desafío que enfrenta la humanidad es tal que, si quiere evitar el colapso deberá pensar y actuar un proceso de desarrollo completamente diferente al que estamos viviendo desde hace décadas. Quedarse en una propuesta de no crecimiento es totalmente insuficiente, y de algún modo implica negarse a pensar y proyectar el futuro precisamente cuando éste constituye la mayor preocupación de la humanidad. Lo que debemos encarar es, pues, el problema de la limitación de los recursos con que puede contar la economía para efectos de un desarrollo económico sostenido y sustentable, de nuevo tipo.

En esta perspectiva es oportuno recordar un planteamiento que hicimos en Fundamentos de una teoría económica comprensiva (1995: 35-36), a saber, que el supuesto de la escasez de los recursos adolece de un error conceptual. Tal error lo identificamos haciendo una distinción, analíticamente necesaria, entre: a) las fuentes de los recursos; b) los recursos; c) los factores económicos; d) las categorías organizadoras. Con esa distinción apuntamos a diferenciar grados diversos de integración en la economía por parte de las energías e informaciones que tienen potencialidades productivas; grados que a su vez implican distintos y crecientes niveles de subjetividad incorporada en tales elementos productivos, los que presentan también diferentes situaciones de escasez o abundancia.

Más concretamente, la escasez a que se refieren los economistas alude a los "factores" económicos, esto es, a las fuerzas productivas (humanas, materiales y financieras) efectivamente presentes en el mercado y operantes en las empresas, que tienen un "valor de cambio" o un precio porque su oferta económica es limitada y presenta alguna definida proporcionalidad con la demanda efectiva de ellos por los agentes económicos. Ahora bien, estos "factores" económicos son elaborados (construidos, apropiados, valorizados y movilizados) a partir de los "recursos" económicos, que son todas aquellas combinaciones de energía e información que tienen la potencialidad de ser utilizadas económicamente, aunque no estén actualmente integradas a los circuitos y procesos económicos. En tal sentido y en relación a los requerimientos de las actividades económicas, los recursos resultan ser de hecho siempre abundantes o excedentarios, en cuanto las fuerzas potencialmente utilizables económicamente son muchas más que las que están siendo efectivamente ocupadas. Al respecto, es fácilmente observable la existencia de fuerza de trabajo desocupada, de conocimientos tecnológicos y capacidades organizativas desaprovechadas, de medios materiales de distinto tipo que no son explotados económicamente, de energías comunitarias inactivas, etc.

Ahora bien, todos estos recursos posibles de convertirse en factores, o sea de integrarse en la economía, tampoco están "dados" ni son limitados. Ellos se originan de tres grandes "fuentes de recursos", a saber, la naturaleza, el hombre y la sociedad. Estas fuentes de recursos son por sí mismas activas, creativas, y en tal sentido están constantemente proveyendo nuevos recursos a la economía. Son generadoras permanentes de recursos, tanto por su espontáneo ser y evolucionar, a través de procesos que podemos entender como pre y para económicos, como también por el específico accionar económico y extraeconómico de los hombres que se proponen conscientemente obtener, reproducir y crear nuevos recursos y factores a partir de la naturaleza, el hombre y la sociedad.

Las "fuentes de recursos" son en sí mismas y consideradas globalmente, inagotables, en cuanto ellas no dejan nunca de proporcionar elementos energéticos e informáticos susceptibles de utilización económica. La naturaleza es una realidad viva, activa y en evolución creadora; el hombre es un ser cuya subjetividad creativa es capaz de desplegar energías y construir nuevos conocimientos e informaciones aprovechables; la sociedad experimenta un proceso histórico y no permanece estática. Los hombres están permanentemente descubriendo, movilizando y creando nuevas combinaciones de energías e informaciones: incrementan su conocimiento de la naturaleza, se desarrollan, capacitan y perfeccionan, conforman nuevas asociaciones, organizaciones y sociedades, todo lo cual da lugar al surgimiento de nuevos recursos económicos. Esta permanencia generadora resulta ser, en todo momento, portadora de novedades y en consecuencia deviene expansiva, en cuanto la actividad vital y consciente implica siempre la posibilidad de niveles superiores de organización. Es cierto que se producen fenómenos de disgregación y desorganización, que significan pérdidas de energías; pero esta entropía es normalmente inferior a la sinergia que se genera en la actividad vital y subjetiva.

Debemos, sin embargo, distinguir situaciones diferentes en cuanto a los tipos de recursos generados por las tres fuentes en cuestión. Podemos formular, en general, la tesis de que mientras mayor sea el nivel de subjetividad de las fuentes de recursos, mayor es también su dinamismo y creatividad. De hecho, las potencialidades de generación creciente de recursos por parte del hombre y la sociedad no son cuestionadas. El problema del posible agotamiento de los recursos alude, en realidad, a aquellos que son susceptibles de ser generados por la naturaleza, cuyos niveles de subjetividad son menores, y más específicamente a algunos recursos de tipo material, disponibles en cantidades finitas y/o cuyo dinamismo propio es menor o procede a ritmos más lentos que los que corresponden al tiempo histórico en que transcurre la economía.

Pero no debe olvidarse que cualquiera sea su fuente los recursos son siempre, incluso aquellos que definimos como "materiales", resultado de la intervención cognoscitiva y creativa de los sujetos. Cada recurso es el resultado de un acto creativo, constituyéndose como una realidad objetivo-subjetiva, energético-informática, material-espiritual. Si al componente objetivo, energético y material puede reconocérsele finitud, el componente subjetivo, informático y espiritual no tiene límites y de él puede decirse que está abierto al infinito. En consecuencia, siempre serán posibles nuevas combinaciones de energía e información.

¿Significa esta perspectiva optimista y esperanzadora respecto a los recursos generables a partir de sus tres grandes fuentes, desconocer la existencia de un gravísimo problema de escasez y agotamiento de ciertos recursos naturales, que lleva a muchos y lúcidos autores a cuestionar el crecimiento? No es nuestra conclusión. Más bien, lo que resulta del análisis es una reformulación del problema: lo que queda definitivamente cuestionado es un modo de hacer economía y un tipo de crecimiento que explota factores y recursos sin preocuparse suficientemente de renovarlos y acrecentarlos; pero no la posibilidad del crecimiento económico en cuanto tal.

De una economía que crece fundamentalmente mediante la producción de cosas utilizando intensivamente los factores disponibles,deberá pasarse a otra cuyo crecimiento se centre en la expansión y desarrollo de los recursos y de las fuentes de los recursos: el hombre, la sociedad y la naturaleza. Este es, por cierto, un cambio radical de perspectiva, una completa inversión del orden en que se piensa y organiza la economía, que implica una transformación profunda y una nueva racionalidad económica. En efecto, el tipo de desarrollo vigente pone los elementos del proceso de producción en este orden: productos, factores, recursos, fuentes de los recursos. El nuevo desarrollo necesario ha de ordenarlos exactamente al revés. Su prioridad no será elaborar productos sino recuperar y desarrollar las fuentes de los recursos -el hombre, la naturaleza y la sociedad- centrando en ello la actividad económica.

Tercera respuesta equivocada: control demográfico.

Ante la gravedad de los problemas de pobreza, desocupación, inseguridad, calidad de vida y medio ambiente, y frente al acuciante problema de la imposibilidad del crecimiento sostenible tal como se encuentra actualmente organizada la economía, se ha levantado con fuerza la idea que la raíz de los problemas se encuentra en la llamada explosión demográfica. Más de 6.000 millones de habitantes parecen sobrepoblar la tierra, y las actuales tasas de crecimiento demográfico permiten prever que en sólo 10 años se agregarán otros 1.000 millones de personas. Pues bien, si se atribuyen los problemas al crecimiento de la población, la solución sería relativamente fácil: detener el crecimiento demográfico e incluso reducir la cantidad de personas que pueblan la tierra.

En el debate internacional se perfilan dos principales posiciones frente al problema. Por un lado, desde los países ricos, se plantea la urgencia de implementar un masivo control de la natalidad en los países del Tercer Mundo, por ser los que tienen tasas de incremento demográfico más elevadas. La verdad es que en los países industrializados está cundiendo un verdadero terror colectivo a la sobrepoblación, que se percibe como una amenaza que se cierne sobre sus niveles y modos de vida; una amenaza que avanza desde el sur, desde naciones que viven confusos procesos sociales y políticos pero que no se resignan a la pobreza y la marginación, y que entran al escenario mundial compitiendo: a) por los recursos naturales escasos concentrados en gran proporción en sus propios territorios, b) por las fuentes de trabajo que se tornan cada vez más escasas en el contexto de los cambios tecnológicos en curso, y c) por los espacios habitables del planeta en el marco de la mundialización de la economía. La forma más visible de la amenaza, porque se manifiesta al interior de los países industrializados, son las crecientes migraciones masivas de poblaciones desplazadas por los conflictos étnicos, sociales y nacionales, por la pobreza, las sequías o las catástrofes medioambientales.

Al otro lado, desde los países pobres, quienes identifican la causa de los problemas en la exacerbación del consumo y del gasto de energía y recursos en los países más industrializados. Paul Ehrlich plantea así los términos del debate: "La preocupación por los problemas de la población entre los ciudadanos de los países ricos se centra en el crecimiento demográfico en la mayoría de las naciones pobres. Pero el impacto que ejercen sobre los sistemas sustentadores de la vida de la Tierra no está determinado solamente por el número de habitantes del planeta. Depende también de cómo se comportan esos habitantes. Cuando se tiene en cuenta este factor puede verse el revés de la medalla: el problema principal de la población reside en los países ricos. En efecto, hay demasiada gente rica. La cantidad de recursos que cada persona consume, y los daños causados por las tecnologías empleadas para suministrarlos, deben tenerse en cuenta tanto como el tamaño de la población. En teoría, los tres factores deben multiplicarse para obtener una medida exacta del impacto causado en el planeta.(...) Esto tiene sentido, ya que todas las actividades humanas requieren el uso de energía, y las que causan más daño al medio ambiente son las que más energía necesitan" (Ehrlich 1993).

Este debate no conduce a ninguna solución efectiva del problema, pero nos ayuda a centrarlo en su verdadera raíz, toda vez que la contraposición entre "exceso de población" en los países pobres y "exceso de consumo" en los países ricos alude a los dos términos principales del problema, cuales son "economía" y "población". En efecto, es desde la relación entre economía y población que el problema puede ser correctamente abordado.

¿Puede cuestionarse la población desde la economía o debe más bien cuestionarse la economía desde la población? Tal es, expresada sintéticamente, la pregunta teórica fundamental. Si se privilegia la economía la población resultará cuestionada toda vez que la economía se manifieste incapaz de absorber, dar ocupación y satisfacer las necesidades de toda la población; a la inversa, si se privilegia la población, será la economía la que resultará en entredicho toda vez que la población no encuentre en dicha economía adecuada ocupación y satisfacción.

Desde un punto de vista filosófico es obvio que el fin de la economía es la población y no al revés, siendo la economía un medio para la realización y desarrollo de la vida humana. Pero hay que hacer dos importantes consideraciones. La primera es que entre la economía y la población se verifica una interacción permanente. La población es el sujeto de la economía, su protagonista y actor, siendo la realidad económica la obra o el resultado del actuar de la población; pero al mismo tiempo, la economía condiciona el ritmo del crecimiento de la población y la distribución de ésta en las distintas zonas geográficas y en los diferentes países y regiones; más ampliamente, el sistema económico condiciona la estructura demográfica. En otras palabras, si bien la población "hace la economía" para su propio beneficio, la construye en un marco definido por las estructuras económicas establecidas.

El dilema es claro: o se cambian profundamente las estructuras económicas para permitir el desarrollo para una población creciente, o se detiene el desarrollo de los países subdesarrollados junto con su población. Este último punto de vista quedó perfectamente expresado por el ex-presidente de los Estados Unidos Lyndon Johnson, quien afirmó en 1965, después de la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre población que se efectuó en Bucarest: "Un dolar invertido en la prevención de la natalidad tiene el mismo efecto que 100 dólares invertidos en el desarrollo".

Pasando por alto el cinismo de esta afirmación, la tesis del control demográfico olvida o desconoce algunos hechos esenciales. En primer lugar, las razones insoslayables de la ética. En segundo lugar, que si el crecimiento de la población puede ser considerada causa adyuvante de los mencionados problemas, no constituye su causa eficiente, que radica en muy distintas situaciones y procesos de la economía. En tercer lugar, que el verdadero problema no consiste tanto en la cantidad de seres humanos, sino en su distribución geográfica y en la existencia de una estructura demográfica irracional. En cuarto lugar, que la solución a los problemas de la economía y la ecología va a necesitar de la creatividad y el trabajo no de menos sino de más seres humanos.

Pero es importante saber que si bien el desarrollo económico va acompañado por una disminución significativa del ritmo de crecimiento de la población, si el desarrollo de los países pobres sigue la misma dirección y es del mismo tipo que el que conocemos en las naciones ricas el problema no se resolverá espontáneamente sino incluso se agravará. El famoso ecologista Jacques Ives Cousteau afirmó lo siguiente: "En 1968-69 apliqué un modelo matemático para calcular cuánto la tierra podría soportar hombres consumidores como los americanos de la época. Me impactó profundamente el resultado de mi investigación: 700 millones". (1992)

Estamos llegando a ser casi 8.000 millones de personas en el mundo. Por su parte la FAO ha calculado que la tierra podría sostener 30.000 millones de seres humanos bien alimentados. Los datos y términos del problema son claros. El crecimiento demográfico puede ser favorable o contrario a la ecología, según el tipo de economía y de racionalidad demográfica. El desafío no es otro que establecer un tipo de racionalidad económica muy diferente al que predomina actualmente, que ponga a la población como factor de mejoramiento del medio ambiente y no de deterioro.

El problema es, pues, de la economía y ha de ser enfrentado en ella mediante su profunda transformación: cambios en las pautas de consumo y de producción en los países desarrollados, redistribución de la riqueza, incrementos de productividad de los recursos humanos, materiales y tecnológicos en los países más pobres, establecimiento en todas partes de economías más solidarias que promuevan otro tipo de desarrollo, ecológicamente sustentable y capaz de integrar a una población en crecimiento. En lo inmediato, en los países pobres urge un cambio en la dirección de dotar sus economías de recursos humanos de más elevada productividad, de adecuadas dotaciones de capital y de tecnologías más eficientes. El aumento de la producción que puede esperarse de ello redundará en una disminución del ritmo de crecimiento de su población. En los países ricos la transformación ha de comenzar con la modificación de las pautas de consumo a fin de que no se continúe tensionando el medio ambiente con la excesiva producción de bienes, ni afectando la normal reproducción humana por exigencias de sobresatisfacción de necesidades artificiales que reducen la calidad de vida. Y en ambos lados se requiere urgentemente modificar los patrones de, producción, de manera que se revierta la tendencia a sustituir el trabajo humano por sistemas mecanizados que utilizan excesivas cantidades de energía material. Como consecuencia de tales transformaciones en la economía se irá corregiendo la irracionalidad demográfica, haciendo posible y deseable un incremento racional de la población acompañada de una mejor satisfacción de las necesidades y una superior calidad de vida.

Este enfoque del problema hace posible comprender también de un modo nuevo las relaciones entre el incremento demográfico y el problema ecológico. Ciertos ecologistas han puesto particular énfasis en el problema de la población con un argumento simple y poderoso: dado que la especie humana es la responsable del deterioro del medio ambiente y de la ruptura de los equilibrios de la naturaleza, mientras más numerosos sean los hombres que habitan el planeta más se acentuará y acelerará el deterioro. La consecuencia política de tal silogismo es la reducción del crecimiento demográfico como componente fundamental de la política ecológica. Pero esta conclusión es contradictoria con la misma ecología, toda vez que no parece posible mantener el tamaño actual de la población ni mucho menos reducirlo, a menos que se verifiquen terribles desastres naturales o que se implementen sistemas de dominación asesina.

La mencionada argumentación ecologista parte de un supuesto equivocado. No es verdad que los seres humanos sean depredadores por naturaleza, ni que la especie humana constituya un factor inevitable de desequilibrio ecológico, una suerte de "error de la naturaleza". Existe abundante evidencia histórica de que graves daños ecológicos son a menudo producidos por cantidades reducidas de personas, mientras que extensas poblaciones son compatibles con un perfeccionamiento del medio ambiente. El hombre no es depredador por naturaleza, al contrario, donde él se asienta se esfuerza por mejorar las condiciones ambientales, cultivar la naturaleza, plantar y cuidar todo tipo de vegetales, criar animales. Que no siempre sea así no debe atribuirse a la naturaleza humana, sino a ciertos sistemas económicos y políticos que dominan a los mismos hombres y les impiden su desarrollo natural.

El capital y el Estado que lo someten, son los grandes depredadores no el hombre como tal. Los efectos de la acción humana sobre la naturaleza pueden ser benignos o malignos, según el tipo de economía y de organización social y política en que operan. Si esta relación está siendo maligna, lo que se requiere urgentemente es liberar la naturaleza humana prisionera de sistemas que la distorsionan.

Partir desde el principio: repensar los objetivos del desarrollo.

Los distintos caminos del análisis conducen de este modo a una misma conclusión: es necesario un nuevo paradigma del desarrollo. Esta conclusión en sí misma no tiene nada de novedoso puesto que desde hace años son muchos los que han hecho la misma afirmación, y nuestra investigación comenzó con ella. Lo que sí trae alguna novedad y constituye un primer aporte es el haber descartado por insuficientes o equivocadas las principales respuestas, que han sido presentadas como posibles soluciones por los mismos que han postulado la necesidad de un nuevo paradigma.

Tomamos conciencia de que los problemas son aún más graves de lo que parecían y que no tienen respuestas simples. Una cosa es afirmar "la necesidad" de un nuevo paragigma y otra muy distinta es elaborarlo positivamente como propuesta posible y realista. En efecto, la propuesta constructiva no es nunca la prolongación de la crítica a lo existente; ella requiere conceptos nuevos, una teoría que se prolongue en la elaboración de un proyecto que tome en cuenta las condiciones y restricciones que plantea la realidad presente. La debilidad habitual de las propuestas de "nuevos paradigmas", y en general del pensamiento "alternativo", consiste precisamente en que se limitan a afirmar en general su necesidad a partir de la crítica de lo existente, y luego se quedan satisfechos con indicaciones demasiadas abstractas y a menudo utópicas sobre el "deber ser" de un mundo nuevo y distinto, pero que no se sabe cómo pueda convertirse en realidad.

Superar esta debilidad es el objetivo de la investigación que aquí nos hemos limitado a presentar. Es obvio que la presentación de la propuesta en positivo trasciende completamente las posibilidades de un artículo como éste. En el breve espacio que nos queda a disposición nos limitaremos a algunas reflexiones finales sobre lo que ha de constituir el punto de partida, y la primera tarea para llegar a disponer del necesario nuevo paradigma del desarrollo económico.

Desde un punto de vista formal, es evidente que lo primero debe ser la redefinición del concepto. En efecto, en el estado actual del debate, o sea después de las críticas a que ha sido sometido el concepto de desarrollo económico y que ha dejado muy poco en pié, se hace imprescindible elaborar un concepto nuevo que exprese la esencia de lo que podamos entender hoy y para el futuro por desarrollo económico. Pero siendo el desarrollo un proceso y el nuevo desarrollo un proyecto, lo primero de lo primero es pensar en los objetivos.

En efecto, especialmente en épocas de crisis no deben darse los objetivos por conocidos y seguros. Desgraciadamente -contra lo que supon-dría la difundida creencia de que en nuestra época predomina la razón por sobre las otras facultades o potencias del hombre-, rara vez nos preguntamos por los objetivos de la acción que realizamos: operando con una racionalidad instrumental acostumbramos trabajar analíticamente en el orden de los medios, indagando más el "cómo hacer las cosas", que los fines que pretendemos al hacerlas. Tal actitud intelectual podría aceptarse como normal en épocas y situa-ciones de estabilidad y progreso, cuando la sociedad se encuentra estructurada en torno a objetivos claros y definidos que persiguen sus integrantes. Algunos incluso parecen pen-sar que interrogarse demasiado por los objetivos a realizarse so-cialmente sería peligroso para la sociedad porque acarrea el ries-go del cuestionamiento del orden establecido. Y, en realidad, preguntarse por los fines, por los objetivos, es el comienzo de todo cambio y de toda acción verdaderamente transformadora.

Es ante las crisis que aparece la interrogante por los objetivos, precisamente porque las crisis son situaciones históricas en que resulta cuestionada la legitimidad o la racionalidad de los fines establecidos; o bien, en que aparecen objetivos distintos que ofrecen alternativas y ante los cuales es preciso optar.

Esta reflexión tiene particular atingencia al tema del desarrollo, porque los economistas se han centrado casi exclusivamente en torno a la cuestión de las "vías, modelos y estrategias" apropiadas para lograrlo. Hablar de caminos, de estrategias y de modelos es preguntarse por los medios a uti-lizar en función de fines conocidos y establecidos; pero en la situación del mundo contemporáneo, y en particular en la realidad de los países y regiones más pobres, la pregunta primera y verdaderamente relevante no es la que interroga por las estrategias sino aquella que busca la clarificación de los objetivos que debamos y podamos proponernos socialmente.

La pregunta por los objetivos es apremiante porque el desarrollo que conocemos no ha traído al mundo la paz que se suponía hace pocas décadas que debía asegurar, ni ha proporcionado a los hombres el bienestar y realización que se esperaba. Aún más, si todos los países y toda la población mundial fueran desarrollados en el sentido y el modo en que lo son hoy los más poderosos, habríamos llegado al peor de los mundos posibles. Habría en la tierra un po-tencial militar y de armas nucleares cuyo control resultaría imposible, y probablemente la desgracia de una guerra de exterminio masivo no sería sólo una terrible amenaza sino una realidad cumplida. Los desequilibrios ecológicos -polu-ción atmosférica, contaminación de los mares y aguas, defores-tación, lluvia ácida, deterioro de la capa de ozono, etc.- serían tan agudos que lo menos que podemos asegurar es que la calidad de vida sería horrible. Gran parte de los recursos naturales no renovables se habrían agotado, y la renovación de otros sería insuficiente para sostener el proceso. Muchas culturas, etnias y pueblos habrían desaparecido o al menos perdido su identidad, y seguramente se habrían agravado al extremo problemas como los que mencionamos afectan la calidad de vida. Los sufrimientos humanos se habrían extremado.

Nada más importante y urgente, pues, que pensar en los objetivos de un desarrollo deseable y posible, entenderlos como criterios de juicio y discernimiento de la realidad por más potencialidad crítica que tengan del orden existente, y desearlos intensamente de modo que adquiramos la disposición espiritual que nos permita identificar las vías, los modos y las estrategias que conduzcan a su realiza-ción histórica. Nuestra investigación pretende ser una contribución a ello.



Bibliografía

Cousteau Jacques, Ivés (1992), “Demain la terre”, Le Nouvel Observateur, París.

Club de Roma (1992), Más allá de los límites del crecimiento, El País – Aguilar, Madrid.

Ehrlich, P.R. (1993), “Demasiada gente rica”, en revista Nuestro Planeta N°3, Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Meadws Donella et als (1972), Los límites del crecimiento, Informe del Club de Roma sobre el predicamento de la humanidad, Fondo de Cultura Económica, México.

Mishmann, Ej.J. (1983), El debate sobre el crecimiento económico , Ed. Sudamericana, Buenos Aires.

Razeto, Luis (1995), Fundamentos de una teoría económica comprensiva, Ed. Pet, Santiago.

Schatan, J. (ed.) (1991), Crecimiento o desarrollo, Ed. Cepaur, Fund. Friedrich Ebert, Santiago.



Notas:

1. La crítica tal vez más contundente al crecimiento económico ha sido la de E. J. Mishan (1983). Este autor propicia decididamente la interrupción del crecimiento como único modo de evitar el deterioro acelerado de la calidad de vida y, en definitiva, el colapso social y ecológico. Centrándose en la cuestión del crecimiento, se cuida, sin embargo, de no cuestionar al desarrollo; pero en su obra no queda enunciada la alternativa de un desarrollo sin crecimiento. Más claro resulta el enfoque de Herman E. Daly, quien postula un desarrollo sustentable que define como "desarrollo sin crecimiento", esto es, un mejoramiento cualitativo sin un incremento cuantitativo que esté más allá de cierta escala, y que no sobrepase la capacidad del ambiente para regenerar los insumos de materias primas y de absorber los desechos producidos, Crecimiento o Desarrollo. (En Schatan 1991).



Luis Razeto M.

(Artículo publicado en la REVISTA POLIS, Nº 1., Santiago, 2001).

Fuente: http://www.luisrazeto.net/category/contenido/teor%C3%ADa-econ%C3%B3mica-comprensiva-econom%C3%ADa-solidaria-desarrollo-sustentable/art%C3%ADculos

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